El sueño berlinés

“Los grandes acontecimientos albergan miles de acontecimientos más pequeños.”

Roth, Joseph: Crónicas berlinesas. Barcelona, Minúscula, 2006.

¿Existía Berlín antes de Hitler? La narrativa alrededor de la Segunda Guerra Mundial absorbe cualquier aproximación a la ciudad desde hace años. Niños, mujeres y hombres de los últimos tiempos del nazismo copan novelas y películas localizadas en la capital germana. Pero también en la ciudad existe la huella mnemotécnica de rigor mediante monumentos, museos y señalizaciones. ¿Pero qué queda del Berlín de Brecht, de Paul Klee y de Roth? Sin duda todo aquello se quedó en el exilio (o fue eliminado). En el empeño para recuperar ese Berlín “inocente”, la maestría de Joseph Roth se hace indispensable.

Crónicas berlinesas constituyen el clásico del cronista urbano. Tres son los elementos necesarios para ello. En primer lugar, el redactor tiene que tener un espíritu observador especial. Suena a perogrullada, pero la búsqueda de ambientes, esto es, de ecosistemas ajenos a la persona exige cierto espíritu explorador y habilidad de supervivencia para integrarse en hábitats extraños al mismo tiempo que distancia observadora. Está a medio camino entre el turista y el antropólogo.

El segundo es saber convertir esa realidad en un texto periodístico de nivel, que cambie el prisma del lector ávido de notícias por el prisma de la curiosidad atemporal al pasar la página. Apoyándose en las historias personales cuando se lo permite la representatividad y originalidad de dichos personajes o en la multiplicidad de estampas peculiares, Roth teje sus textos con un personalismo nulo y sin intenciones de intercedir en el curso de la historia. Es decir, reporta sin intención de crear opinión.

No querer ser un líder de opinión no excluye evitar ser ácido en los comentarios. Por ejemplo, acusa a la nueva arquitectura de confundir al usuario, de no permitirle reconocer una estación con lo que realmente es y parecerse a una iglesia. Se toma a humor la práctica de los baños turcos nocturnos, ávidos de placer más que de higiene, a juzgar por las comilonas y siestas que practican. Y por supuesto, los “centros comerciales grandes de verdad”, el tráfico y las obras interminables, que describre sin demagogia. Y el gran absurdo de la Competición de los seis días, donde un puñado de ciclistas que dan vueltas al velódromo sin parar en lo que Dios tardó a construir el mundo son observados por una muchedumbre urbana.

Roth dibuja “el retrato del tiempo”, como él menciona, de la ciudad que se preparaba para tiempos traumáticos. Su escritura se parece a la de Alfred Dóblin (o en todo caso, por el tono periodístico, Alfred Döblin se parece a Roth), también en aquello que, en esos años de rivalidades entre comunistas, nacionalsocialistas y los pasivos socialdemócratas, el escenario final archiconocido no era imaginable por la ciudad expresionista, de cabaret y teatro. En ese entonces, Berlín era otro. Y existía.

Llegamos con eso al último requisito para ser un buen cronista: La existencia de una urbe que se encuentre en un período histórico especial o, si se quiere, previo a la convulsión. El Berlín de los 20 constituye un capítulo especial de la historia de la vida urbana. Es un periodo difícil, de construcción nacional pero también de recuperación de la alegria y el orgullo de vivir. Del paso de una capital de un imperio derrotado a una capital moderna que llegaba a ensombrecer a París.

Todo ésto sería en vano si no fuera porque la lectura de Crónicas berlinesas es un puro ejercicio de hemeroteca: ese Berlín desapareció con el régimen nazi (que limpió la ciudad de entartete Kultur) y se olvidó cuando había dos modelos de ciudad vigentes. Para lo que es valioso este libro es para lo que el gobierno de Alemania lleva a cabo desde hace algo más de una década: la recuperación de la memoria histórica (de la anterior a 1930 concretamente) combinada con la posmuro. La reconstrucción de la cúpula del Bundestag, convertida en icono nacional, es un buen ejemplo resultoso. Pero también hay otros como el derrumbe del Palast der Republik y la reconstrucción del palacio de la ciudad de Berlín (Stadtschloss) previo, de estilo imperial; la recuperación del Museuminsel como una concentración de colecciones previas a las Guerras Mundiales en edificios imperiales pero reformados hace poco (ver el premio Mies van der Rohe de este año); la inauguración de una potente escuela de Bellas Artes justo al lado del la Puerta de Brademburgo y la presentación en general de Berlín como la nueva ciudad de las artes y la arquitectura (algo que por cierto se ha frenado desde que Merkel es cancillera, a mi parecer), recogiendo el testimonio del Berlín de entreguerras.

Crónicas berlinesas no funciona como una guia turística. Lo dice alguien que utilizó Berlín Alexanderplatz como tal y ni la Post ni la Alex se parecen en lo mínimo a lo que dicen esos libros que fueron. Las crónicas de Joseph Roth sirven como manual de construcción del que precisamente tiempo después sería la imagen colectiva de ese período (y que sirve para recuperar y recordar). Pero en tanto que ejercicio de retrato urbano, ese retratado ha dejado de existir.

One thought on “El sueño berlinés

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