Yo construyo para no olvidar

“Éste es un universo donde, aunque no nos guste, todos, incluso los más poderosos, tenemos que enfrentarnos a la posibilidad implacable de que podemos dejar de existir. (…) Frente a un panorama tan desolador, la arquitectura ofrece la posibilidad de un breve paréntesis de lucidez. Por mediación de ella, lo lógico, lo ordenado y lo significativo se presenta como una opción, aun cuando el futuro del propio mundo esté en manos de lo aleatorio, lo arbitrio y lo absurdo, siendo capaz de eliminar hasta las cucarachas.”

Sudjic, Deyan: La arquitectura del poder. Barcelona, Ariel, 2010.

¿Por qué construimos? Sin duda la respuesta intuitiva seria para protegernos de las inclemencias meteorológicas, pero esa es una respuesta parcial que hubiera mantenido la arquitectura en la más sencilla de sus formas: la cabaña, la chabola e incluso la cueva. Construir se prestó rápidamente a la voluntad de transformar el paisaje como afirmación de existencia humana. Se construye para transformar el paisaje eterno, de formar parte de él o, como mínimo, de demostrar que puede hacerse.

Deyan Sudjic relata ―porque eso es lo que es este libro: un libro de relatos― las diferentes historias del poder con la arquitectura. Aunque empieza algo lento y repetitivo con las autocracias del siglo XX, a saber, Speer y Hitler en Berlín, Iofan y Stalin en Moscú (¿hasta cuando esa diferenciación histórica de ambos regímenes mellizos?), Mussolini y Piacentini en Roma y el Bagdad de Hussein, los siguientes capítulos explican otros muchos casos, quizás menos conocidos, probablemente igual de complejos y seguro que más relevantes para el mundo de hoy. Koolhaas y la sede de la Televisión China en Pekín, el parlamento escocés de Miralles, La Cúpula del Milenio de Tony Blair, las Torres Gemelas de Yamasaki, la galería Fiat de Agnelli y Piano, el Bilbao de Gerhy y los otros Guggenheim del mundo, el París imperial de De Gaulle o las bibliotecas de expresidentes americanos repartidas por doquier son presentados desde perspectivas a la vez desde la impresionabilidad e la lejania y la objetividad del conocimiento certer: reconociendo las virtudes donde las hay (Miralles recibe un aprobado con nota) y las críticas donde tenga que hacerlas, sea en el ego desatado (título de un capítulo) del que pagaba la obra, sea por la ambición sin medida del arquitecto (“Santiago Calatrava, la versión oscura y kitsch de la inventiva juguetona y libre de Gehry, sigue considerándose arquitecto.”, pg. 265).

Los casos son explicados con excelente profundidad y rigurosidad, marcando estilo en la aún verde disciplina de la crítica arquitectónica desde un punto no técnico o, mejor dicho, artístico-social. La selección de las obras son de una variedad suficientemente amplia para que uno se pregunte por cada uno de los edificios que forman parte de su paisaje: sedes gubernamentales, edificios de oficinas, iglesias, centros culturales… Además, como se ha dicho, el estilo mezclado de ensayo histórico y crítica artística resulta en atractiva escritura narrativa que imanta el lector, tanto el especializado como el amateur.

Deyan Sudjic publicó la primera edición de este libro el 2007 con una impresionante fotografía antigua del Crysler desde abajo. Esa imagen es pareja de la versión en inglés del libro (The Edifice Complex) con una foto de ángulo similar del Rockefeller Center de la misma época. Para la nueva presentación de 2010 se optó por una foto del anochecer en Dubai, algo que obliga al lector a preguntar al índice del libro cuando va a llegar el momento que se hable de eso. Teniendo clara la relación poder-arquitectura que desde los inicios de la civilización (acaso fuera eso el inicio de la civilización, el uso de la arquitectura por parte del poder), uno se queda con dudas que responder en la edad de la globalización y la modernidad líquida, cuando los excesos de poder son igual o peores que antaño pero mucho más invisibles y sutiles: si la modernidad era un compromiso arquitecto-poder, ya fuera éste autocrático o democrático, la posmodernidad parece resumirse en el cambio habitual de chaqueta o el venderse al poder monetario-oportunista, con mayor o menor grado de excentricidad.

No es éste un libro de la historia de la arquitectura. Es un compendio de relaciones más o menos eróticas de personajes y momentos con voluntad de permanecer y de arquitectos bastante proclives a complacerles o complacer sus propios deseos monumentales cuando les daban rienda suelta. No es tampoco un libro de historia de la locura. “La arquitectura del poder” muestra cómo vivimos con esas pretensiones de inmortalidad y que acaso no son los edificios sus consecuencias que debamos sufrir (aunque irremediablemente haya casos que así sea) si no pruebas últimas de las múltiples facetas del poder, esa cosa.

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